Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Ramírez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Ramírez. Mostrar todas las entradas

martes, octubre 12, 2021

Homosocialidad y poder revolucionario

 

Ernesto Cardenal tomó venganza de Rosario Murillo en su último poema. En los que son, quizá, los peores versos de Cardenal, dice:

el país entero en manos de una loca

la del estéril bosque de árboles de hierro

y en manos de un presidente sin huevos

gobernado por ella

Aunque se trata de un largo poema místico (probablemente no mucho mejor que otros ya publicados por él, poeta en quien la mística es esencial), Cardenal quiere introducir en el poema la actualidad en su referencia a los sucesos de abril de 2018 y sus críticas al gobierno de Daniel Ortega. ¿Por qué los peores versos? No por la crítica o la oposición a Ortega, sino, me parece, por la fijación testicular. Nunca fue, en apariencia, en los largos poemas políticos de Cardenal, asociada la cuestión del poder con los testículos. O, al menos, fue siempre una elipsis significativa: la homosocialidad se entendía como caso de comunidad y fraternidad (todos somos hermanos, decía Sandino, etcétera).

Tanto en el terreno de las letras, como en el de la mística o el de la política, lo que Cardenal suele diseñar son espacios homosociales. Sus héroes culturales, sus maestros, sus ejemplos de afiliación (Coronel, Merton) son siempre masculinos, e incluso sus némesis literarias o políticas (Carlos Martínez Rivas, Somoza García) extienden esas redes de homosocialidad. Eso sí, la pugna política y literaria que instala con Somoza García en los años 1950s, y que se resuelve con una derrota (que es la derrota de la rebelión de abril de 1954), él la transforma en derrota personal y avatar místico. La aparente consolidación de la dictadura de Somoza García, provoca una convulsión en el alma del joven Cardenal. “Por extraño que parezca—cuenta en sus Memorias—, rápido como un flash mi mente percibió una superposición de Dios y el dictador como si fueran uno solo; uno solo que había triunfado sobre mí.” (Vida perdida 90). Es notable aquí que la victoria de un hombre (Somoza) sobre el otro (Cardenal) aparece santificada por la convulsión mística. Aunque en el fondo sea asunto de competencia masculina, la cuestión testicular no aparece tan en la superficie, como lo será en el dicterio contra Ortega. Pero no hay que olvidar que el choque con Somoza-Dios depara una vida de emasculación simbólica. 

Siguiendo dentro del caso de Somoza-Cardenal: para llegar a ese extremismo, en que vida personal y vida política nacional se entrelazan de una manera tan determinante y dramática (o, incluso, melodramática), se requiere cierto afecto de pertenencia bastante radical. Pero intuyo que tal afecto de pertenencia no está tan bien distribuido, incluso hoy día, a lo largo del espectro de clases en Nicaragua. O que las causas e identificaciones son dispares. Unos pertenecen mejor y de forma más determinante que otros. Por eso, entre otras cosas, es interesante estudiar a criaturas literarias como Cardenal: porque muestran cómo canta para ciertas clases el ave del nacionalismo (alguna debe haber). En ese sentido, si bien el nacionalismo de Cardenal se puede entender como notabilismo—identidad de notables (para pecar un poco de abrupto: Cardenal se despide de su paisaje como quien se despide de su finca), con el sandinismo logra algunos cruces de clase e ideológica con otras versiones del nacionalismo (todo lo que estaba en la onda en los años sesenta: anti-imperialismo, castrismo, tercermundismo, indigenismo-hippie). Este entrecruce se advierte en poemas como “Las mujeres del Cuá” en que unas campesinas víctimas del Estado somocista, sueñan con los guerrilleros: “los ven de noche en sueños/ en extrañas montañas”. La distancia entre sueño y vigilia, inconsciencia y razón, campo y ciudad, es salvada por la presencia masculina (y pública y política) del guerrillero. No quisiera insistir que si hay algo poco representado en la poesía de Cardenal son las mujeres. Aparte de las Claudias e Ileanas que rechazaron al poeta de joven, provocando la venganza de los epigramas, se cuentan con las manos de los dedos otras presencias femeninas en su poesía. Parece notable, en ese sentido, el exabrupto contra Murillo.

Durante la atrabiliaria lucha por el poder cultural entre Cardenal y Murillo, en los años 80s, había momentos en que el poeta podía gozar de cierta condescendencia del Comandante (él lo llama Daniel en sus memorias), que, al parecer, lo libraba un poco de la locura de Murillo. Wellinga, que descobija parte de las luchas mencionadas, cuenta una visita de Daniel Ortega a la casa de Cardenal en que el guerrillero le pide disculpas al poeta. De ser verdad lo narrado ahí, Cardenal ya había dicho de viva voz las ofensas del poema más de treinta años atrás en la mismísima cara de Daniel. “Mi ataque más fuerte fue ése: decirle a Daniel que era dominado por ella. Y Daniel entonces, hubo un momento, sólo un momento en que él se sulfuró, de que allí se le estaba tocando su hombría y no lo permitía.” (Wellinga 137). Es obvio que Cardenal guardo aquella hombría en su tarjetero, quizá clasificada bajo la H en que también cabía la palabra huevos. Hombría refiere entre otras cosas, creo yo, a la identificación de un rol masculino dominante en el poder revolucionario, siendo expresión correspondiente de tal idea de poder, la importancia de las alianzas entre jefes revolucionarios varones (la Dirección Nacional Conjunta, Daniel y Sergio, Daniel y Cardenal, etc.). Apunto, quizá menos como certeza que como proyecto de investigación, a que en el caso de Cardenal-Ortega (en contraste con el caso de Cardenal-Somoza) ocurre un rompimiento en la homosocialidad del poder revolucionario, el cual perdura hasta, literalmente, el último poema del poeta. 

El corolario, aunque procaz y precipitado es quizás necesario como cierre de este texto: fue siempre cuestión de huevos, si bien la mística lo encubría.

domingo, agosto 01, 2021

Algo podrido

 Something is rotten in the state of Denmark.

En Letras libres, y otros sitios, Sergio Ramírez evidencia un estado de pestilencia. El que encabeza su antiguo camarada Daniel Ortega está, como estaba el estado de Dinamarca, podrido. "De aquella revolución, sólo queda el olor de un cadáver descompuesto", dice con convicción.

En ocasiones la aprehensión ante el tufo histórico conlleva el decreto historiográfico contundente y precipitado (porque quién es uno para hablar de los resultados últimos de la revolución francesa, por ejemplo?). "De la revolución no queda nada, solo un gran pretexto retórico para envolver los actos de represión y la consolidación de la dictadura familiar de los Ortega disfrazada de obra revolucionaria de izquierda", dice en entrevista complaciente.

Se ve que el mal olor precipita juicios, e incluso cachivaches como aquel de que no hay izquierda ni derecha (o, más sofisticadamente, que "ya no se distingue entre dictaduras de izquierda o de derecha"), y que da lo mismo el Doctor Francia que Fidel Castro o Daniel Ortega que Videla.

Entre tanto organismo descompuesto, el autor no vacila en llevar un mensaje democrático al XIV Foro Atlántico "Iberoamérica: Democracia y Libertad en tiempos recios” (ver video). A dicho foro asisten figuras como la de Mario Vargas Llosa (y su hijo, también Vargas Llosa por apellidos), y los presidentes de Colombia, Duque, y de Chile, Piñera, y de Uruguay, La Calle, y de Ecuador, Lasso. Además, el expresidente Macri de Argentina, y el opositor y prófugo Leopoldo López, por Venezuela. Es decir, la derecha que se toma por democrática en América Latina (imaginamos que Bolsonaro se habrá excusado.)

En este caso no testimonia Ramírez ninguna referencia al olor que despide este cónclave. Asistió quizá con la nariz tapada. Entre tantos olores, acusados o no, sobresale lo difícil de la tarea intelectual de la presente hora en América Latina. Al parecer, algo huele a podrido desde allá, desde acá y desde dentro del propio orden intelectual.

sábado, enero 16, 2021

Cuentos del abuelo difuso

 "Cuando finalmente llega, el capitalismo produce una desacralización en masa de toda cultura." M.F.


Uno de los temas frecuentes a lo largo de más diez años en este blog es el sandinismo, a veces etiquetado como sandinismo-posmo. (Entre esas entradas me atrevo a recomendar la que versa sobre Éticos y adiposos, que resume quizá esencialmente mis propuestas y críticas.)

Recientemente una de la versiones del sandinismo, la que llamé irónicamente en aquella entrada la rama "ética", decidió borrar de su nombre oficial el apellido sandinista. Pasó a ser así, en vez de Movimiento de Renovación Sandinista, Unión Democrática Renovadora (UNAMOS). (Lo informa, por ejemplo, el medio derechista Infobae).

Es una temporada de borramientos sustanciales. Considérese, por ejemplo, la idea de borrar la figura de Donald Trump de la película Home Alone 2. El procedimiento tecnológico de borramiento deja, sin embargo, una presencia fantasmática, una huella algo amenazante. Dice la sombra que la fascinación cultural con Trump y su encumbramiento como director imperial (y como producto estadounidense), no es algo que se pueda borrar tan fácilmente.

Se recordarán los famosos borramientos fotográficos de la época estalinista. Las fotografías trucadas pretendían alterar el pasado y reescribir la historia. Pero tales reescrituras, al igual que en el ejemplo de Trump, siempre están llenas de amenazas espectrales (y de sombras).

De hecho, la asociación metafórica entre Sandino y Sombra tiene un ilustre cantor. Ni más ni menos que Ernesto Cardenal, en un poema posiblemente canónico de la literatura latinoamericana del siglo XX, denunció ese estatus fantasmático de Sandino (no era su cara "vaga como la de un espíritu"?).

Como algunos héroes clásicos, el Sandino de Cardenal habita un interregno entre histórico y escatológico. Recuérdese (recuerden Uds., camaradas renovadores) el final del poema:

Cuando anochece en Nicaragua la Casa Presidencial
se llena de sombras 

(...)

y la gran sombra, la del gran crimen,
la sombra de Augusto César Sandino.

Quiere decir que, en cierto sentido, la renuncia al nombre de Sandino reitera ese estatus fantasmático, de sombra, del héroe. También, en cierto sentido, implica una renuncia cultural fundamental. Puesto que Ernesto Cardenal fue, según entiendo hasta su muerte, un militante o seguidor notable del MRS (dentro de la lógica notabilista que tiene la política en Nicaragua), en cierto sentido, el cambio de nombre es también una especie de volver la espalda a lo que se entendía por historia desde las articulaciones político-culturales que dieron origen al sandinismo actual (desde los años 1960s para acá).

Una especie de proceso por medio del cual se tiene todavía caliente el cadáver de Cardenal y ya se le saca de una articulación política válida. (Se entierra con su cadáver toda una época histórica de luchas políticas y de redefinición de lo nacional en la que notablemente la literatura operó de manera significativamente dentro del campo político).

No sé qué tan consciente es este proceso para los camaradas renovadores. Se ve, sin embargo, que no están para ahuyentar a nadie con su presencia. De hecho, los llamados históricos dentro del partido hacen especie de mutis por el foro. Informa un medio afín a ellos que los: "Fundadores del MRS se retirarán voluntariamente de sus cargos en el partido". Jugar a los fantasmas para no perturbar al ambiente político que debería acogerlos: siguen siendo muy ecológicos.

Quizá no hay que olvidar que el MRS fue fundado por otro intelectual sandinista: Sergio Ramírez. Durante los sucesos de 2018, Ramírez intentó establecer vínculos genealógicos y familiares entre los revolucionarios de ayer (1978) y los alzados de hoy. (Ver su texto "Nicaragua: los nietos de la revolución"). Sin embargo, tal filiación estaba llena de cortocircuitos.

¿Si los nietos queman públicamente la bandera rojinegra de Sandino y del FSLN, entonces qué? ¿No se ha roto insalvablemente la distancia entre el abuelo y los nietos? Aclara Ramírez que hay abuelos buenos y abuelos malos; que hay (ay!) "aquellos de esos abuelos que detentan hoy el poder, se han vuelto indeseables para sus descendientes". ¿Cómo separar una línea de descendencia familiar buena de una mala? ¿O una ecológica de una adiposa? El caso es que, dice Ramírez:

"No es extraño entonces que los nietos la adversen [a la bandera rojinegra sandinista], y hasta le prendan fuego, ya que ignoran que se trata de una herencia de sus abuelos, a su vez recibida de un tatarabuelo lejano y difuso, y cuya figura también ha sido distorsionada, y la vean sólo como una impostura que el nuevo poder familiar ha colocado en lugar de la bandera del país, cuyos colores, azul y blanco, se multiplican en las marchas de protesta, en las fachadas de las casas, en las ventanillas de los vehículos, en pañoletas y cintillos de cabeza, en las mejillas de los jóvenes manifestantes."

Dentro del esquema patriarcal en el que escribe, Ramírez enarbola el argumento de la ignorancia juvenil. Pero el caso es simétrico a las decisiones recientes de sus camaradas. Es propio de la juventud (cree Ramírez y creen los renovadores) olvidar el pasado y sus figuras para buscar las oportunidades.

P.S. 23 de febrero

El think tank jesuita Envío (afín al MRS), ve en el cambio de nombre de estos últimos, un "aporte". Dicen los comentaristas que:

El cambio de nombre en el MRS es un aporte en momentos en que a todos les toca aportar algo. Hay quienes así lo han reconocido: “Con la decisión de abdicar de la nostalgia revolucionaria se forjan los cimientos de la nueva izquierda en Nicaragua”, comentó el experto en derechos humanos Uriel Pineda.

Así que esta abdicación o genuflexión o posposición de cualquier debate sobre sandinismo dentro de una organización que esconde la cabeza en la arena, será la base de la "nueva izquierda" (y lo anuncian citando a un comentarista de derecha...) Vergüenzas ajenas, las llaman también.

 

lunes, noviembre 27, 2017

Disensos

"we never did too much talking anyway"
Dylan

El Premio Cervantes para Sergio Ramírez debería ser un momento no de exaltación del "orgullo nacional" ni de la exageración aduladora (los entusiastas afirman incluso que es el "acontecimiento más relevante de nuestra historia reciente").

Se trata al contrario de una oportunidad para repensar críticamente las figuras intelectuales de la historia nacional.  Darío, De la Selva, Coronel, Cuadra, Cardenal, Ramírez, tantos otros, tienen historias fascinantes en su relación con el poder político. Asimismo, es interesante su colocación más o menos ventajosa dentro del poder cultural. De hecho, es muy probable que Sergio Ramírez sea actualmente la personalidad centroamericana con más poder cultural de la región. Por eso mismo, me parece que es hora de fortalecer posiciones de diferenciación y crítica con respecto al mismo Ramírez.

En ese sentido mi "homenaje" sería marcar algunos puntos en que bien vale la pena disentir con posiciones del flamante Cervantes:

1. La exaltación del castellano y el hispanismo. Como leitmotiv que reaparece en varios de sus discursos, Ramírez tiende a centrar la cuestión cultural en la lengua castellana. Esta centralidad del castellano funciona en Ramírez con un aparente olvido de la naturaleza imperial de la lengua, de su memoria colonial, y con evidente invisibilización de la heterogeneidad de la cuestión lingüística y cultural en América Latina. Esta centralidad se corresponde con la supuesta (y deseada) centralidad del escritor moderno como "voz" que enuncia la colectividad. En ámbitos tan poco democráticos como resultan los países centroamericanos esta serie de jerarquías (lengua-escritor como voz de pueblos) deben ser, por lo menos, puestas en cuestión.

2. La propaganda de una literatura "de tertulia". Como ya dije en una entrada anterior, uno de los grandes aportes de Ramírez es el de ofrecer una perspectiva centroamericana de la cultura. Textos y recopilaciones suyas como Balcanes y volcanes o la Antología del cuento centroamericano resultan fundamentales para ese cometido. Sin embargo, su perspectiva reciente, unida a su también loable empresa Centroamérica cuenta, me parece demasiado centrada en un tipo de narrativa de acceso fácil para el gran público, y en una prescripción del autor mediático (habilidoso para la comunicación y la tertulia, en esencia). Se entiende que por razones de vida o muerte la narrativa centroamericana debe ingresar al mercado (mercado que lleva un solo nombre, con una sola geografía de referencia, y con imaginario de monopolio), sin embargo, este proceso no debe evitar perspectivas (auto)críticas y pluralidad de propuestas ("dentro del mercado todo, contra el mercado nada").

3. La memoria de la revolución sandinista. Existe poca reflexión sobre los procesos de privatización que ha deparado la revolución sandinista. No sólo las privatizaciones evidentes de riqueza que orientan el proceso a partir de la firma de Esquipulas (1987), sino la privatización de la memoria. Asistimos, así, a la paradoja de un proceso popular y multitudinario cuya memoria pasa a ser la de unos pocos notables. El notabilismo es un mal endémico de la historia nacional visible en, por ejemplo, la fundación de clubes de notables, antes que de partidos políticos modernos. Inevitablemente, Ramírez participa de esta lógica de privatización, y como tal su figura, sus textos y posiciones intelectuales son fundamentales para ese (eventual) debate.

 Por otra parte, Sergio Ramírez es quien nos enseñó, en otra hora, que el proyecto cultural de la oligarquía nicaragüense era un proyecto fracasado. Quien describió tantas veces la cursilería centroamericana y la inoperancia cultural de las élites. Es casi un deber mantener esta postura crítica de manera estratégica.

Se sabe que un índice de tal cursilería es precisamente ese tipo de procesos en que se consagra a héroes por razones de chato nacionalismo. En La fugitiva, el propio Sergio Ramírez caracteriza este proceso diciendo: "Todas nuestras figuras de bronce tienen en sus cabezas coronas de excrementos, igual que en los parques." (pág. 159).

Habrá que estar alerta y ser crítico ante esa dialéctica entre la fosilización y la cultura viva.

miércoles, junio 29, 2011

Cintura de los sollozos

A principios de junio hice un viaje por puertos del Pacífico.

Aeropuertos.

Ya sé que dicho así suena menos romántico.

Viaje instantáneo (o vertical, como diría José Cemí).

Viaje entre madrugadas.

En los Aeropuertos todo es más caro. El agua, el aire. No hay combos en los restaurantes de comida rápida. No hay piedad en los supermercados de libros. Tampoco es que sepan de literatura esos supermercados. Uno no se libra del nicho Vargas Llosa: y que nadie pregunte cuándo se jodíó Perú.


"Lo que no sabíamos es que al mismo tiempo que nosotros comenzábamos a escribir la posmodernidad, en los ochenta, y la globalización, en los noventa, cambiarían las reglas del juego y convertirían a Latinoamérica no en una república independiente de la letras sino en un gran supermercado de novedades literarias."


Mirando los nichos más perversos del supermercado (tres de los aeropuertos que piso son latinoamericanos) cito casi de memoria esas palabras de Carlos Cortés que tengo en un libro allá.

De todas las novedades compro la última novela de Sergio Ramírez, La fugitiva.

La compro no pensando en "la república independiente de las letras" sino en la Eunice, criatura de aquel tiempo heroico. La compro casi como literatura para turbulencias de eventual auxilio académico, sin que eso desdiga mi comunicación con la muerta, la restitución deseante, incluso el sol incaico, ya que estoy en El Callao.

(Hay que escribir un poema en las entrelíneas de las novelas no lo sabías? Es la única manera de defenderse.)

La pragmática de la novela es acaso evidente en una primera mirada (unas cien páginas adentro): los ticos y los nicas son constituidos como espejos, estos frentes a aquellos y viceversa. Esta novela de nica ve con delectación e ironía la historia tica (iba a poner idiosincrasia pero esa es palabra sin gracia).

A la altura de la página 159 llego borgeanamente al que es quizá el centro del laberinto argumento: "Todas nuestras figuras de bronce tienen en sus cabezas coronas de excrementos, igual que en los parques."


Y así voy leyendo casi burocráticamente, imaginando parques del futuro.

viernes, diciembre 24, 2010

La última promesa costumbrista

Siempre enseño o tengo de referencia en mi enseñanza Balcanes y volcanes de Sergio Ramírez, una de las pocas explicaciones de la cultura centroamericana con aspiraciones globales. (En realidad heredera de la impronta de Torres Rivas y Martínez Peláez, cierto marxismo postcolonial que apuntó en Centroamérica en los 1960s y la teoría de la dependencia.)

Podría leerse Balcanes y Volcanes, entre otras cosas, como una condena a la ideología costumbrista que alentada por la estructura cultural y mental atrasada de la élite centroamericana, impregna todos los espacios (incluido el uso de los medios de comunicación). No es Centroamérica la subregión latinoamericana del primer golpe de estado victorioso del siglo XXI?

Es cierto que ha sido turbulento el presente político centroamericano. Pero no deja de ser curioso que se anuncie el apoyo de Sergio Ramírez al candidato presidencial Fabio Gadea Mantilla, según Ramírez ( cito del diario de derecha La Prensa) “la única alternativa democrática que tenemos en el país”.

Gadea Mantilla es, si algo, la quintaesencia del costumbrismo (los campesinos de sus cuentos transmitidos por radio están reducidos a la sentimentalidad estereotipada). Al menos desde el punto de vista literario y cultural Fabio Gadea no es la alternativa más democrática que tenemos en Centroamérica.

El mismo Ramírez apunta en su libro que hay un tránsito del costumbrismo a la expresión más compleja de la realidad rural, paso que en la cosmovisión de Gadea ni siquiera se avizora. Su idea literaria y cultural general es conservadora. Ante un poema vanguardista se persigna exigiendo el dogma rubendariano, para no hablar de sus posiciones retrógradas en asuntos de ciudadanía y política: su homofobia es manifiesta, por ejemplo.

Así que el apoyo político a un retrogrado cultural da en qué pensar. Sobre todo cómo es que se concibe la cultura en su (aparente) subordinación a la política. Un expediente cultural de los políticos no estaría mal. Un expediente político de los líderes culturales tampoco.

jueves, junio 04, 2009

Es posible hacer una pregunta

¿Es posible?

El caso fue que Sergio Ramírez tuvo que suspender la presentación de un libro suyo en la Universidad Nacional de Nicaragua, sede León por las amenazas de boicot de una organización estudiantil expresada en mantas poco amables.

Hay que lamentar el hecho, coincidiendo en parte con el escritor: la Universidad debe ser sitio de diálogo y discusión.

Pero en ese mismo lugar del evento hay que poner la pregunta, si es que se puede.

Ramírez ha invocado un expediente franquista para caracterizar el hecho. Estos muchachos serían herederos de la acción política falangista en contra de los intelectuales, en un clima cultural "cavernario" que recuerda a Franco y el franquismo. (El tema ha sido repetido en las páginas de opinión.)

La pregunta sería pues: ¿por qué ha sido el franquismo y no el neoliberalismo el que ha informado la actitud intolerante de esos jóvenes? ¿a lo mejor fue más bien el populismo? ¿no habría que investigar mejor este punto? ¿qué prueba hay de que el cierre de espacios humanísticos en las Universidades, que es algo más que un síntoma, no ha sido decisivo en este rechazo indirecto de las humanidades? ¿quizá porque los intelectuales fundadores de la nacionalidad literaria fueron admiradores del falangismo debemos suponer que será siempre el franquismo el prístino motivo de los jóvenes? ¿el culto de los notables, que son en sí mismo instituciones, no ha favorecido la idea de que a estos no se les puede hacer ninguna pregunta si no solamente aceptarlos (incluyendo el servilismo) o rechazarlos de plano? ¿y cuánto han hecho los notables por favorecer un clima de debate en las universidades?






lunes, mayo 04, 2009

Tambor olvidado

Tambor olvidado de Sergio Ramírez es un ensayo sobre la mezcla racial entendida como base de la mezcla cultural y de la nacionalidad nicaragüense. También podría decirse un ensayo nacional definido a través de la raza. Y quizá, tenida en cuenta la globalización, el intento de un ensayo nacional al iniciarse el siglo XXI.

El libro está dividido en dos partes. Una programática, en donde se exponen las hipótesis principales, y la otra ilustrativa, en donde se hace inventario de las manifestaciones sincréticas de la cultura popular (tradiciones religiosas, música, instrumentos, oraciones populares, cocina, lengua). En cierto sentido, la primera parte del libro trata de disciplinar a la segunda. La sección ilustrativa es la más sugerente porque recopila el saber (digamos) antropológico sobre lo que podría ser la cultura popular nacional. Una pregunta obligatoria aquí es ¿cómo se sabe “nacional” la cultura sincrética subalterna?

El ensayo de Ramírez respondería quizá con la primera parte del libro. Se trata básicamente de una biblioteca de lo nacional ya bastante establecida (que, entre otras cosas, informa a las culturas subalternas), y que es retomada en este ensayo: Oviedo, Squier, Lévy, El Güegüense. Y sus re-escrituras: Darío, Pablo Antonio Cuadra, Coronel, Mántica, algunos otros. El texto repasa, pues, esta biblioteca del mestizaje (que es también de una definición excéntrica de ver lo nacional) para reafirmarla en su fundamento ideológico pero también para cuestionarla, proponiendo que este mestizaje es de tres fuentes, y no sólo de dos.

A la cultura hispánica e indígena hay que añadir la africana. Esto ubicaría a Nicaragua más abiertamente en un contexto geocultural caribeño, revelando, sin embargo,una fractura interna: con la costa caribeña, precisamente, que es nicaragüense de una manera diferente a la región hegemónica. En Tambor olvidado se trata, en cierto sentido, de un arreglo de cuentas entre aquellos que pensaron el mestizaje y las culturas populares realmente existentes (y realmente sincréticas, y, para los fines del libro, africanizadas) que necesitan ser repensadas en los ámbitos de la globalización con unos orígenes mucho más abiertos. Es como que si la caribeñidad prometiera una fluidez que el origen hispánico e indígena no podría tener. Digamos: un conflicto interno (y vivo) de la doctrina mestiza.

El libro comienza por ensalzar la mulatidad como estrategia de creatividad cultural desarrollada por Rubén Darío, y, quizá, un modelo cultural de lo nacional. Este ser mulato, que Ramírez llama constantemente mestizaje triple, parece ser producto del completo mestizaje racial que concluye, según el texto, durante la Colonia. Sin embargo, el deseo de blanqueamiento, como marca colonial, termina por ocultar esta realidad sociológica. Los mestizos triples mismos ocultan su origen racial mientras inician un proceso de ascenso social que culmina durante la revolución liberal de Zelaya. Tenemos así a los mestizos, que se han ocultado a sí mismos su propia mezcla racial, ejerciendo influencia en círculos del Estado desde fines del siglo XIX.

La tesis, ciertamente es complicada porque lleva a preguntarse si la unidad nacional implicó realmente unidad racial desde el siglo XIX, y si la implica en el presente. O si, más bien, la permanencia de una división social en razas es un elemento que pertenece a la estructura de dominación y hegemonía. Para Ramírez, que en esto no contradice la biblioteca de lo nacional-mestizo, el símbolo cultural y moral de esta unificación racial por medio del mestizaje es El Güegüense, sobre todo como símbolo del mestizo trepador social que desea el blanqueamiento, y acaba colocándose en los círculos del poder.

El texto tiende a afirmar que la disciplina racial impuesta por la Corona era burlada por el deseo y las costumbres sexuales; así, “aquellos mandamientos se disolvieron en las camas” (121). ¿Pero no sería el deseo, y las articulaciones que le son afines: filiación y, por ende, taxonomía racial, más bien parte de la estructura de dominación y no una cifra de desaparición de la raza como estructuración del dominio? ¿La raza no es más bien parte de la disciplina sobre la violación originaria que Octavio Paz advirtió, para el caso mexicano, como fundamento de lo nacional?

Este tipo de preguntas implica en realidad un orden de lectura diferente sobre la biblioteca del mestizaje: una lectura a contrapelo, como les gusta decir a los subalternistas. Una lectura que no se ha emprendido cabalmente. Dicho sea de paso, Tambor olvidado no dialoga con la bibliografía que ha criticado la doctrina mestiza de manera más sistemática: entre otros autores, Ileana Rodríguez, Jeffrey Gould, Justin Wolfe o Erick Blandón.

Una ventaja del libro de Ramírez es que reabre el debate sobre la raza como índice de unidad nacional, y que lo hace con una probable buena incidencia tanto por el prestigio de su autor como por la amplia difusión que logra (ha sido editado por Aguilar-Santillana, 2007). Además, a una dedicada investigación auna una narrativa muy entretenida. Por supuesto, a sus lectores (y ojalá que sobre todo a sus lectores jóvenes) les toca ahondar en el significado político y cultural de replantear el mestizaje como fundamento nacional. Un asunto que da para mucho debate (y que en esta entrada de blog no hago más que esbozar en algunas de sus posibilidades).