Evidente que padecía de una pasión nacional no correspondida
que le hacía tirarse contra las palabras
Genealogías de cocina de obreros en haciendas cafetaleras de
abuelas descalzas o mulatas
Alfabetizadas como para anotar las fechas de los partos
o la contabilidad de la aguadora
La escuela era una épica por todo eso a veces
la única épica de donde surgiría la voz del joven que llegaba a universitario
sandinista, siempre con la nación pronunciada
entre los dientes con ironía pues se trataba más de un murmullo
que de una estentórea o performática enunciación
De allí ese choque lateral disimulado quizá nunca frontal
con las palabras siempre en torno al nombre del parto
a la palabra aventada en la llovizna arrastrada en cunetas y cauces
La aguadora como chorro de la fuente
El tartamudeo fiel a su clase social
El embrujo ideológico de la bandera en el pecho
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