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domingo, agosto 29, 2021

Reflexiones imaginativas sobre mi padre

 

“como mi padre ya he muerto, y como mi madre vivo todavía y voy haciéndome viejo” (Ecce Homo 29)

 

En 1969 mi padre tenía treinta años. Era maestro de primaria en la escuela rural de Güisquiliapa y estudiante de periodismo en la Universidad Nacional (la UNAN). Un hombre, en este caso mi padre, modela el alma del hijo, con gracia, con humor, y quizá de eso trata este escrito. Pero el hijo es quien observa. No se observa si no desde la simbiosis con los otros. Por entonces yo soy uno solo con mi madre, con mis hermanos, mis tías y tíos (podría extender ese Universo a la casa, la familia, el barrio).

Vivíamos en una casa grande, alquilada, con corredor, con jardín. Creo que el efecto del boom económico del somocismo de los años cincuenta había modelado el destino de mis padres. Habían estudiado en la Escuela Normal y se habían hecho maestros. Podían pagar con sus salarios el alquiler de aquella casa (mucho más grande en mis recuerdos, seguramente, de lo que fue en la realidad).

Mi padre fue el primero de sus hermanos y hermanas que fue a la Universidad. Años atrás, caminando junto a su madre por veredas entre los pueblos de Masatepe y Nandasmo, le prometió que iba a ser bachiller (es decir, terminar la secundaria). No sé si mi abuela Ana tomó en serio aquella promesa pedagógica. En el tiempo que recuerdo mi abuela había muerto hacía ya diez años.

Ahora lo estoy viendo acomodar los libros, o quizá es que ha descubierto que los ratones anidaron entre sus libros, y está sacando la suciedad y reacomodando su biblioteca construida con cuatro ladrillos y dos tablas. Él no lo sabe, pero al ordenar esos libros también está acomodando mi destino: libros universitarios, Universidad Nacional. (No sabe que es un joven de treinta años visto desde los ojos de un hijo suyo mucho más viejo.)

Aparte de una Biblia Reina Valera, y de un Quijote ilustrado, los libros que colecciona responden a cursos que seguramente fue tomando en la Universidad y que están marcados a veces con el sello de la Librería Universitaria (un buhito sabio). Sobresalen los libros de periodismo, pero tiempo después voy comprendiendo que recibió cursos de psicología (hay libros de psicoanálisis, Adler o cosas así), de preceptiva literaria (el Breviario La poesía de Johannes Pfeiffer y la primera edición de Historia de un deicidio) y de marxismo (La Sociología del materialismo de Leoncio Basbaum). La primera novela de García Márquez que leí (leímos, con mis hermanos): La mala hora.

Pero en ese tiempo no me fascinan estos libros ni sé sus títulos ni entiendo sus órdenes secretos. Me impresionan más los aparatos que él lleva a la casa. Por sus prácticas de fotografía o de periodismo radial, carga con cámaras (una cámara antigua, cuadrada, con el visor en la parte superior que usó en una visita a las ruinas de León) y grabadoras. Pero lo más trascendental es una pequeña máquina de escribir de la que alcanzo a ver claramente los tipos Courier, la cinta bicolor, la mancha ocasional sobre la hoja. Esa ya era suya, y la compró quizá ese mismo año. Cuando por fin afiance un poco mi valentía—luego de un paseo escolar al Gran Lago, al que él me acompañó—voy a intentar una primera línea literaria en aquella máquina de escribir (esto ya debe ser 1972). Por supuesto, es algo sobre el Lago. Todavía veo el gozo y la ternura en los ojos de aquel joven por aquella decisión del hijo. Por eso decía que un padre modela el alma del hijo con gracia y con humor.

miércoles, agosto 26, 2026

Textos de entrada


Cuarto de preocupaciones lleno

La caspa del tiempo te demanda

Lo que no está ni estuvo

ni estará. La baranda

abierta al abismo. Cómo la viscera

lo sacará a Ud. del entuerto, dígame.

Estaba calvo Aleixandre en fecha tan temprana?

El pájaro de papel en el pecho lo atormentaba?

Y Federico?

 

***

  

Oh Einsenstein

 

Ser la paloma martiniana manchada sucia trigrisácea

Que picotea basura urbana

bajo un árbol vilipendiado de San Antonio

y mira al cernícalo posado en el tendido eléctrico. Su grito

directriz de luz en el crepúsculo

 

En 10 de julio los sin hogar gritaban en este día de lluvias de 2026

por las ganas la pertenencia el fantasma

 

La horrible y vertiginosa Iglesia del Sacramento

con el cartelito y el horario de misas

 

Y Dios como un personaje de western

que necesitaba ducha afeitarse reciclaje

 archivo horca

 

***

 

Inscripción

 

Vos y la lluvia en San José, en la parada de la U

te amaba frente al Mural de García Márquez y frente al errático

semáforo. En las comidas dudosas y los almuerzos indecorosos,

en la librería universitaria y el rastro de lo que fue—en mi juventud—la

música nocturna de Radio Universidad de Costa Rica

y cuando buscábamos el pan dulce el paradigma

o cuando me mostrabas los arroyos quietos que rodeaban a la Ciudad

Universitaria

ese arroyo era tu víscera, tu corazón

y en el viaje a Heredia o a Tres Ríos

y en el sábado que íbamos a la Feria de Guadalupe

aunque yo rengueaba

y en las canciones cansinas y monotemáticas que yo tarareaba

todo el camino todo el verano

y en la forma que teníamos de cruzar las calles

y en el designio y en el destino

 

***

 

Frutos y goces

 

I

Pero hoy la mesa abandonada no estaba amparada

Por la columna. Había por otra parte olvidado

los audífonos.

La mesera —calculaba su edad en los grandes espejos—

Iba de un lado a otro; un mínimo estremecimiento de la pupila cuando reconocía al /extranjero.

Quiere la cerveza fría en esta helada

La helada no es tal osaba

 responder con su tartamudeo

Intentaba hacer una broma: por fin estoy en la Suda América profunda

No había manera de reír en ella

Como en una diosa vacía de Carlos

Martínez Rivas.

Había fútbol en alguna parte

Había edades confesadas

Había eras del goce y libertinos europeos del XVIII en una película de Albert Serra.

"Yo me agobio a los cincuenta

Pero me agobio hasta doblegarme o exiliarme", oyó decir.

En ese instante comprendió el efecto —dijo, astuto, el afecto—del alcohol.

Recompuso su camisa, único indicio del pecho.

 

II

 

Y me acordé del entrenamiento autógeno

 

Para enfrentar la adolescencia (mi cuerpo era otro por entonces, notas del templo,

una nota que era un bouquet, una nota impasible e intocable) había marcado esta página.

 

Las arterias del pulgar derecho tan lejanas como la juventud

¿Dónde estaban, ramitos de sangre?

 

La respiración desandada, sin tanto vericueto documental

El yo rugoso, vejiga existencial, llena y vacía, por vicio arraigándose

Al aire, a la tierra

 

Cortos textos cinematográficos que armaban mi memoria

El corazón y su paz de caracol

 

Las mil y una siestas con Ishiguro o Chéjov

El proceso geométrico del planchado de la camisa y del pecho

 

No ser jesuita

Una espiritualidad como el marxismo que correspondiera a mi clase social

 

Jardines en claroscuro en patios recónditos en lluvias de goteos como danzas

Pero goteaba la moral franquista en aquella república

 

Y había que recogerse

 

III

El sueño. La bahía absoluta, amplia, que llenaban o saturaban visión y deseo. Por eso yo fotografiaba ese absoluto. Un all-over pictórico frente a la bahía en mis ojos y la fotografía. Acababa de llegar. Estaba en Nicaragua. Tarareaba o cantaba Un viejo amor. Aparecía mi madre.

Iba yo a decirle: me sé esa canción que Ud. cantaba y cuando la cantaba decía que esa canción la cantaba su abuela (mi bisabuela). No se lo decía, me asaltaba el pudor.  El pudor de la desnudez ante la madre. En cambio del dios masculino del Génesis.

 La bahía absorta. El mapa perdido de la ciudad. La desinencia de lo usual entre lo extraño.

 

IV

La incomodidad. El frío. Los otros que fuman. El inglés. El día. La noche. La urticaria. El intestino. El destino. La edad. La tarde. El olvido. El recuerdo. La presión arterial. El premolar. La nausea. El músico ambulante. La almohada del pordiosero. El papel del libro. El temblor. El polvo. Los insectos. El olor a keroseno. El sexo. La habitación. La mujer que mira. El semáforo. Avenida Portugal. El bar semidesierto. El bar lleno. El pelo. El sexo afeitado. El signo. El designio. La desinencia. Lo que me dijiste. Lo que te dije. El mar. La sirena. Debussy. La recriminación. La desventura. La pobreza. El sueldo. El decir. El hacer. El haber y parecer. El temor. El cine. Mañana. La colación del garzón. De pie. A media tarde. Julio frío. El puñal. El bolero. La corteza. La voluta. La TV incierta. Sakamoto. La mortaja. Es tarde. Vayamos. La orquesta. Dormir. No dormir. El insomnio. El tejido del sueño. La apnea. La crucifixión. La ficción. La marca. Lo pleno. Lo escabroso. El declive. La periferia.

 

V

Anclas y goznes han sido precisos

para sostener el cuerpo

Uno en el fondo del mar otro en el

fondo del ojo

La sirena modosa que ya no canta

La impresión vaga de una ciudad sobre

la otra

Y el atardecer como ángel raído

el murmullo hecho hoja

Anclas, predios, zapatos

Figuras indianas en la ventana

Gente de cotona en blanco

Óleos para la piel

Cruzaré siempre ese espectáculo

Apilaré piedad y modorra

El aire extasiado de la sequía sobre Santiago

en invierno

El entrelazamiento de las manos de

Algún otro hijo de la revolución