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sábado, diciembre 06, 2025

Equus

 “Un antecesor del caballo, el equus, recorría las pampas…”[1] y se salió de la página en disposición intrincada en este momento. Era el caballito de los sueños que me contaba Leonel mi padre porque en América había un antecesor del caballo euroasiático un caballito diminuto y atómico que corría con ansia, dispuesto a perderse en la prehistoria su cabalgar infinito sin atadura o conquista—decía mi padre

Antes de pasar a hablar del Panteón de los Boxeadores Joe Louis Rocky Marciano Sonny Liston—una genealogía épica y cruel que culminaba en Alí, pero de la que él prefería a Ringo Bonavena quizá por latinoamericano y valiente (era el equus que nos retaba secretamente con su línea intrincada)

Aquella América de sus libros en los cursos de la UNAN, un Paul Rivet, un exótico Henri Charrière, un José Gabriel Condorcanqui más que dispuesto en el recorrido irregular y secreto del caballito equus

Y, claro, todo en una película del Teatro González



[1] José Bengoa, Viaje a Caral 52-53

domingo, agosto 07, 2022

Murciélago azul

 

La foto aérea, desde el puente, de la laguna congelada

Y el horizonte que resplandece.

 A través de la imagen

En la computadora, reconozco ese horizonte. 

El parque Schenley y South Oakland.

Estamos archivados en el parpadeo de la pantalla

Los patos del verano que se fueron

Horizontes ajenos, alquiler de las palabras

(cerca estaba la Biblioteca Carnegie donde prestábamos también películas en VHS

Y discos de Beck, Miles Davis, Prince)

Textos tuyos entrelazados con los míos en el cementerio

 De la web. Un murciélago azul en el pecho dice que el tiempo de los besos

No ha llegado. Cultiva cuando puedas tu Cernuda

Vigila tu Lezama. 

Las cerniduras que el tiempo lima.


sábado, octubre 23, 2021

Recuerdos de mi abuelo o qué año largo el de los nueve años

 El terremoto de Managua (23 de diciembre de 1972), el terremoto de Carazo (6 de marzo de 1974), aunque de este último casi no hay recuerdos escritos. Yo tenía entre siete y nueve años entre ambos sismos. Contaré después lo qué paso en esos años de temblores.

Por el momento ya ha pasado ese tiempo de sismos, y estoy (estamos, mis hermanos, mis primas) en un patio grande, con cerco de plantas de color y cuajayotes, pero abierto a la calle. Mi abuelo está afilando un machete porque va a recortar el cerco, en el que, por cierto, había una especie de tobogán con un aire de pasaje secreto que bajaba a la calle empinada de la Pila Grande. Mi abuelo afila el machete y estoy observándolo profundamente. El sombrero viejo (no un sombrero de vestir, sino, más bien, de obrero agrícola), la escasa barba de varios días, algo áspera, su concentración al levantar la cabeza. En eso un pájaro caga el machete del abuelo. Dijo: carajo o carajito, o algo así? Media mañana, había dalias en el patio. Un excusado con gradas. Sombra tenue en partes del patio. Yo seguía observando. Tal vez a mi abuelo le gustaba que lo observara aunque no le dijera nada.

Hace un año quizá—vivíamos en otra casa—mi abuelo me explicó los rudimentos para resolver crucigramas. Era que yo lo observaba, cuando estaba sobrio y bañado y afeitado, tomar un lápiz diminuto, cruzar las piernas y ponerse a resolver el crucigrama. Él me explicó: horizontales, verticales, conceptos. Yo comprendí. Debe ser 1972 porque ya sé leer. También me explicó en qué consistía el malespín. Un juego lingüístico que había estado de moda en el país hacía varios años. Se permutaban varias letras (a por e, i por o, b por t) y se codificaban las palabras. De ahí viene el tuani que se usa todavía en Nicaragua (por bueno). Mi abuelo está ahí para señalarme los pasajes secretos del idioma.

Pero ese año de 1974 mi abuelo se enfermó. La última vez que lo vi, en un rincón de la casita de madera de mi bisabuela (su suegra), estaba envuelto con una frazada y temblaba por la fiebre. No me acerqué porque no quería observar a mi abuelo así (era el abuelo afeitado de los crucigramas). Y recordaba su expresión bajo el sol, bajo el sombrero, cuando pasaba el pájaro. El machete afilado. Mi hermano César era más valiente y sí fue a ver y saludar a mi abuelo. Yo solo escuchaba lo que contaban mis tías y mi madre. Delirium tremens o fiebres. Para peor ese año yo había prometido de manera solemne no faltar ni un solo día a clases.

Con el sismo de 1974 la Escuela General de San Martín sufrió daños severos, se cayó el techo, colapsaron quizá algunas paredes. El edificio no se podía seguir usando. Yo tenía tres amigos. Dos católicos y uno evangélico. A veces se peleaban porque Santiago (el santo del pueblo) no era en realidad otra cosa que un ídolo y cosas así. Yo por mi parte no pertenecía todavía a la teología de la liberación, pero era como que ya perteneciera (esto por la influencia de mi padre). Mi amigo evangélico me había amparado en segundo grado cuando me sentaba en las bancas de atrás (“los niños del último banco” decía Lorca) y había un compañero que me atormentaba. Pero la maestra me cambió de lugar, e hizo que mi compañero fuera, y en primera fila, mi amigo evangélico. Nos llevábamos bien. Y en tercer grado éramos cuatro amigos. Pero cuando entramos a cuarto grado, en 1974, vino el sismo que arrasó con la Escuela. Y tuvimos que asistir en turno vespertino a la Escuela Anexa, que tenía un mejor edificio y tiraba el aire de clase media. Así que yo salía de la casa a la una y media (en cuanto terminaba el cuento de Pancho Madrigal en Radio Corporación) y caminaba por la carretera hasta la Escuela Anexa. Y me gustaba tanto estar en la Escuela (ya fuera la vieja escuela que se dañó con el sismo o esta otra de aire más acomodado y en la que éramos alumnos allegados) que ese año de 1974, en cuarto grado, prometí no faltar ni un solo día. Esto hasta la tarde en que mi abuelo (era octubre) sufría su agonía y me devolví de la entrada de la Escuela. Único día de ausencia.

domingo, agosto 29, 2021

Reflexiones imaginativas sobre mi padre

 

“como mi padre ya he muerto, y como mi madre vivo todavía y voy haciéndome viejo” (Ecce Homo 29)

 

En 1969 mi padre tenía treinta años. Era maestro de primaria en la escuela rural de Güisquiliapa y estudiante de periodismo en la Universidad Nacional (la UNAN). Un hombre, en este caso mi padre, modela el alma del hijo, con gracia, con humor, y quizá de eso trata este escrito. Pero el hijo es quien observa. No se observa si no desde la simbiosis con los otros. Por entonces yo soy uno solo con mi madre, con mis hermanos, mis tías y tíos (podría extender ese Universo a la casa, la familia, el barrio).

Vivíamos en una casa grande, alquilada, con corredor, con jardín. Creo que el efecto del boom económico del somocismo de los años cincuenta había modelado el destino de mis padres. Habían estudiado en la Escuela Normal y se habían hecho maestros. Podían pagar con sus salarios el alquiler de aquella casa (mucho más grande en mis recuerdos, seguramente, de lo que fue en la realidad).

Mi padre fue el primero de sus hermanos y hermanas que fue a la Universidad. Años atrás, caminando junto a su madre por veredas entre los pueblos de Masatepe y Nandasmo, le prometió que iba a ser bachiller (es decir, terminar la secundaria). No sé si mi abuela Ana tomó en serio aquella promesa pedagógica. En el tiempo que recuerdo mi abuela había muerto hacía ya diez años.

Ahora lo estoy viendo acomodar los libros, o quizá es que ha descubierto que los ratones anidaron entre sus libros, y está sacando la suciedad y reacomodando su biblioteca construida con cuatro ladrillos y dos tablas. Él no lo sabe, pero al ordenar esos libros también está acomodando mi destino: libros universitarios, Universidad Nacional. (No sabe que es un joven de treinta años visto desde los ojos de un hijo suyo mucho más viejo.)

Aparte de una Biblia Reina Valera, y de un Quijote ilustrado, los libros que colecciona responden a cursos que seguramente fue tomando en la Universidad y que están marcados a veces con el sello de la Librería Universitaria (un buhito sabio). Sobresalen los libros de periodismo, pero tiempo después voy comprendiendo que recibió cursos de psicología (hay libros de psicoanálisis, Adler o cosas así), de preceptiva literaria (el Breviario La poesía de Johannes Pfeiffer y la primera edición de Historia de un deicidio) y de marxismo (La Sociología del materialismo de Leoncio Basbaum). La primera novela de García Márquez que leí (leímos, con mis hermanos): La mala hora.

Pero en ese tiempo no me fascinan estos libros ni sé sus títulos ni entiendo sus órdenes secretos. Me impresionan más los aparatos que él lleva a la casa. Por sus prácticas de fotografía o de periodismo radial, carga con cámaras (una cámara antigua, cuadrada, con el visor en la parte superior que usó en una visita a las ruinas de León) y grabadoras. Pero lo más trascendental es una pequeña máquina de escribir de la que alcanzo a ver claramente los tipos Courier, la cinta bicolor, la mancha ocasional sobre la hoja. Esa ya era suya, y la compró quizá ese mismo año. Cuando por fin afiance un poco mi valentía—luego de un paseo escolar al Gran Lago, al que él me acompañó—voy a intentar una primera línea literaria en aquella máquina de escribir (esto ya debe ser 1972). Por supuesto, es algo sobre el Lago. Todavía veo el gozo y la ternura en los ojos de aquel joven por aquella decisión del hijo. Por eso decía que un padre modela el alma del hijo con gracia y con humor.